Intereses de EEUU "prendieron" la Revolución Mexicana


Porfirio Díaz encarceló al disidente Francisco I. Madero, quien huyó a San Antonio, Texas, el 6 de octubre de 1910, desde donde, con respaldo de Washington, el 20 de noviembre promulgó el Plan de San Luis arengando a levantarse en armas

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Noviembre 18, 2018 10:26 hrs.
Política Nacional › México Quintana Roo
Justo May Correa › enbocaspalabras

(En el 108 aniversario del inicio de la Revolución Mexicana ―1910-2018―, Aurora Sol y Manuel Be ―dos personajes del libro ’Jubilan la Revolución Mexicana’―, dialogan lo que hubo tras bambalinas, en el capítulo ’Intereses de Estados Unidos prendieron la Revolución Mexicana’)

***

―El general oaxaqueño Porfirio Díaz fue presidente de México durante 34 años a partir de 1877 ―comentó Aurora Sol.

―Fue Presidente por 34 años, con un paréntesis de cuatro años, de 1880 a 1884, en el que fue presidente Manuel del Refugio ’El manco’ González Flores ―aclaró Manuel Be.

―En marzo de 1908 Porfirio Díaz declaró al periodista canadiense James Creelman ―que escribía para un medio estadounidense―, que no buscaría la reelección presidencial en 1910 ―indicó Aurora.

―¿Qué fue lo que declaró Porfirio Díaz? ―preguntó Manuel.

Aurora respondió que el presidente mexicano asentó:

’He esperado pacientemente porque llegue el día en que el pueblo de la República Mexicana esté preparado para escoger y cambiar sus gobernantes en cada elección, sin peligro de revoluciones armadas, sin lesionar el crédito nacional y sin interferir en el progreso del país. Creo que finalmente ese día ha llegado’.

―Esas declaraciones dichas en 1908 agitaron las aguas sucesorias ―comentó Aurora.

―El opositor Francisco I. Madero aprovechó la coyuntura para publicar ese 1908 su libro ’La sucesión presidencial en 1910’ ―recordó Manuel.

―En ese libro Madero lanzó críticas al régimen y demandó elecciones justas y transparentes ―dijo Aurora.

―Los tres mil ejemplares de la primera edición circularon ese mismo año de 1908 entre intelectuales y periodistas ―agregó Manuel.

―Francisco I. Madero pidió también convertir a México en un estado democrático moderno, con elecciones libres, libertad de expresión y de asociación.

―Me parece que Madero estuvo de lo más activo ―comentó Manuel.

―Es verdad ―dijo Aurora―. Para impulsar su candidatura, Francisco I. Madero fundó en 1909 el Partido Nacional Antirreleccionista.

―Al año siguiente, 1910, ya candidato presidencial por el Partido Nacional Antirreeleccionista, Madero alcanzó enorme popularidad ―continuó Manuel Be.

―Sin embargo ―observó Aurora―, el presidente Porfirio Díaz reculó en su decisión de no reelegirse.

―En respuesta, Madero con sus seguidores firmó el Plan de San Luis, que convocaba a un levantamiento contra el régimen ―dijo Manuel.

―Entonces el gobierno de Díaz acusó a Madero de conato de rebelión y ultraje a las autoridades, siendo encarcelado en San Luis Potosí ―agregó Aurora

―El candidato antirreeleccionista Madero pasó en prisión las elecciones presidenciales de 1910, que ganó Díaz una vez más ―citó Manuel.

―Los aliados de Francisco I. Madero lo ayudaron a escapar de la prisión de San Luis Potosí el 6 de octubre de 1910 y se refugió en San Antonio, Texas ―recordó Aurora.

―Desde esa ciudad estadounidense Francisco I. Madero buscó el respaldo de Washington para derrocar a Porfirio Díaz ―dijo Manuel Be.

―De hecho, el 20 de noviembre de 1910 promulgó desde San Antonio, Texas, el Plan de San Luis con el lema ’Sufragio efectivo. No reelección’ ―citó Aurora.

―¿En qué consistía el Plan de San Luis? ―preguntó Manuel.

―Llamaba al pueblo mexicano a levantarse en armas a las seis de la tarde el 20 de noviembre de 1910 con el fin de derrocar a Porfirio Díaz ―dijo Aurora.

―¿Qué decía el texto del Plan de San Luis?

Aurora Sol precisó que medularmente ese texto decía:

’(…)Desde que me lancé a la lucha sabía muy bien que el general Díaz no acataría la voluntad de la nación, y el noble pueblo mexicano, al seguirme a los comicios, sabía perfectamente el ultraje que le esperaba.

’A pesar de ello, el pueblo (…) con admirable estoicismo concurrió a las casillas a recibir toda clase de vejaciones.

’(…)En tal virtud y haciéndome eco de la voluntad nacional, declaro ilegales las pasadas elecciones, y quedando por tal motivo la república sin gobernantes legítimos, asumo provisionalmente la Presidencia de la República, mientras el pueblo designa sus gobernantes conforme a la ley.

’Para lograr este objeto es preciso arrojar del poder a las autoridades usurpadoras que por todo título de legalidad ostentan un fraude escandaloso e inmoral’.

―La historia oficial marca en México el 20 de noviembre de 1910 como la fecha en que se inició la Revolución Mexicana ―indicó Manuel.

―Se le refiere como el acontecimiento político y social más importante del siglo XX en México ―agregó Aurora.

―En realidad los acontecimientos que vendrían estaban siendo fuertemente influenciados por la Casa Blanca ―aclaró Manuel Be.

―Efectivamente ―apoyó Aurora Sol―. En enero de 1911, Gustavo Madero, hermano de Francisco I. Madero, viajó a Washington con el fin de obtener financiamiento para armar a la oposición que derrocaría al presidente Porfirio Díaz.

―Para el 9 de mayo de ese 1911 se habían acabado los problemas financieros y estaban listos para iniciar el movimiento que conduciría a la caída de Porfirio Díaz ―indicó Manuel.

―Sí, ya no hubo más problemas de dinero para armar a los opositores al gobierno de Porfirio Díaz, gracias al financiamiento de Washington tramitado por Gustavo A. Madero y el patrocinio de la petrolera estadounidense Standard Oil Company ―mencionó Aurora.

―Iniciadas las hostilidades, las fuerzas maderistas opositoras a Díaz tomaron Ciudad Juárez el 10 de mayo de 1911 ―mencionó Manuel.

―Pronto el movimiento contra Porfirio Díaz se extendió a otras regiones del país ―informó Aurora.

―Para el día 25 de mayo de 1911 el Presidente de México Porfirio Díaz había sido derrocado por Francisco I. Madero, siendo designado presidente interino Francisco León de la Barra, que gobierna del 25 de mayo al 6 de noviembre de 1911 ―dijo Manuel.

―Expulsado del poder, Porfirio Díaz se exilió en Francia ―señaló Aurora.

―Inmediatamente se convocó a nuevas elecciones, las cuales se celebraron en octubre de 1911, tomando posesión el 6 de noviembre Madero como presidente y José María Pino Suárez vicepresidente ―expresó Manuel Be.

―¿Recuerdas quiénes postularon a Madero? ―preguntó Aurora.

―Realmente no.

―Tres partidos postularon a Francisco y Madero, los tres con diferentes candidatos a la vicepresidencia ―informó Aurora―. El Partido Constitucional Progresista a Madero con Pino Suárez; el Partido Antirreeleccionissta a Madero con Francisco Vázquez Gómez, y el Partido Católico a Madero con Francisco León de la Barra.

―Es de hacer notar que mientras los vientos de la administración de Porfirio Díaz soplaron a favor de los intereses de las compañías estadounidenses e inglesas, éstas lo respaldaron y las cosas marcharon sin tropiezos para el presidente mexicano ―dijo Aurora Sol.

―¿Qué fue lo que sucedió? ―preguntó Manuel.

―Todo marchó bien, hasta que en 1904 empezaron las discordias, los desacuerdos. Resulta que las empresas estadounidenses Standard Oil Company y Waters-Pierce Company vieron afectadas sus operaciones cuando el gobierno de Díaz dio grandes facilidades para su establecimiento en México a la petrolera inglesa ’El Águila’ ―explicó Aurora.

―¿De quién era ’El Águila’ ―preguntó Manuel.

―Del inglés Sir Weetman Pearson ―respondió Aurora.

―¿Concretamente, a quién estaba afectando Porfirio Díaz con sus decisiones? ―preguntó Manuel.

―Al potentado norteamericano Henry Clay Pierce ―dijo Aurora.

―¿Quién era él? ―preguntó Manuel.

―Era dueño de Waters-Pierce Oil Company y del Ferrocarril Central ―señaló Aurora.

―Por lo que se ve, Porfirio Díaz no midió las consecuencias de algunas de sus decisiones de gobierno ―comentó Manuel―. Después de su malestar por las facilidades que brindó al establecimiento de la petrolera inglesa ’El Águila’, ¿hubo algo más que molestó al norteamericano Henry Clay Pierce?

―Su enojo fue mayor cuando a los hechos de 1904 el gobierno de Porfirio Díaz sumó en 1907 nuevas acciones con la expropiación a Henry Clay Pierce del Ferrocarril Central para crear Ferrocarriles Nacionales ―recordó Aurora.

―Ferrocarriles Nacionales de México ―dijo Manuel.

―Sí. Y el colmo para Henry Clay Pierce lo fue cuando Díaz le concede a la petrolera británica ’El Águila’ exención de impuestos, tierras federales y tarifas preferenciales. Como se ve, en la caída de Díaz tuvo mucho que ver el interés extranjero insatisfecho con su actuación ―informó Aurora.

―Bien, entonces, tras la caída de Díaz, Francisco I. Madero toma posesión como Presidente de México el 6 de noviembre de 1911, ¿bajo qué compromisos lo hace? ―preguntó Manuel.

―Antes de responderte es preciso señalar que entre la presidencia de Porfirio Díaz y la de Francisco I. Madero hubo un presidente interino ―aclaró Aurora.

―Es verdad ―dijo Manuel.

―Francisco León de la Barra, entonces en la cancillería, fue presidente interino del 25 de mayo al 6 de noviembre de 1911 ―indicó Aurora.

―¿Ahora sí me dirás cuáles fueron los compromisos asumidos por Madero al tomar el poder el 6 de noviembre de 1911? ―planteó Manuel.

―¡Por supuesto! En su toma de posesión, Madero al dirigirse a la nación declaró: ’Ciudadanos, si me siento orgulloso de ocupar la Primera Magistratura es porque el voto popular me ha hecho llegar a ella. Para llevar a cabo mis difíciles labores necesito que cada ciudadano sea un guardián de los derechos de los demás, y que me ayuden todos para el engrandecimiento de la Patria, por cuya prosperidad debemos luchar siempre unidos’ ―recordó Aurora.

―¿Cómo le fue al gobierno de Francisco I. Madero después de relevar a Porfirio Díaz? ―preguntó Manuel.

―Nada bien ―respondió Aurora―. No le fue nada bien.

―¿Qué sucedió?

―Haz de recordar que tomó posesión el 6 de noviembre de 1911, pero lo depuso el 19 de febrero de 1913 un golpe de Estado cuya cabeza visible fue Victoriano Huerta.

―¿Victoriano Huerta? ¿El que combatió las rebeliones indígenas en el país, desde Sonora a la Península de Yucatán? ―preguntó Manuel.

―El mismo coronel que en 1900 combatió a los yaquis en Sonora, y a los mayas en Yucatán y Quintana Roo en 1902 y que le valió su ascenso a general brigadier y una gran cantidad de condecoraciones ―respondió Aurora.

―Me parece que en 1907 Victoriano Huerta solicitó al gobierno de Porfirio Díaz su baja temporal del ejército, al que regresó a la caída de Díaz ―comentó Manuel.

―Así fue ―dijo Aurora.

―Es más, Victoriano Huerta fue el encargado de escoltar hasta Veracruz el convoy del derrocado presidente Díaz rumbo al exilio ―agregó Manuel.

―Cosa que no le pareció nada bien a don Porfirio, quien luego dijo que en realidad nunca había confiado plenamente en Huerta ―expresó Aurora.

―Bueno, Madero, por lo menos al principio, tampoco confiaba mucho en él, pues tan pronto asumió la Presidencia ordenó la dimisión de Victoriano Huerta de las fuerzas armadas ―recordó Manuel.

―Sin embargo, estuvo fuera por poco tiempo, dado que el general Pascual Orozco se rebeló contra Francisco I. Madero el 3 de marzo de 1912, evento que obligó a Madero a requerir otra vez los servicios de Victoriano Huerta, quien combatió la rebelión orozquista ―explicó Aurora.

―Lo que son las cosas ―comentó Manuel―, luego del golpe de Estado de Victoriano Huerta a Francisco I. Madero el 19 de febrero de 1913, unos días después, concretamente el 27 de febrero, el golpista Victoriano Huerta y Pascual Orozco sumaron sus fuerzas.

―Ahora bien, considero importante establecer cómo se gestó la caída de Francisco I. Madero ―dijo Aurora.

―Estoy de acuerdo, sobre todo porque de Madero se esperaba un buen gobierno al suceder a Porfirio Díaz. ¿Qué fue realmente lo que ocurrió? ―preguntó Manuel.

―Esta parte de la historia se empieza a escribir en el momento en que en marzo de 1910 Henry Lane Wilson presenta a Porfirio Díaz sus cartas credenciales como nuevo embajador de Estados Unidos en México ―informó Aurora.

―Explícame.

―La presencia del diplomático marcaría no sólo la caída de Porfirio Díaz, sino también la de Francisco I. Madero ―dijo Aurora.

―Sigo sin entender. ¿Quién era el presidente de Estados Unidos? ―preguntó Manuel.

―William Howard Taft, y evidentemente el embajador Henry Lane Wilson venía con la misión de componer los desaguisados cometidos por Díaz contra los intereses estadounidenses al conceder mayores ventajas a las compañías británicas ―indicó Aurora.

―¿El presidente Díaz se negó a cumplir peticiones concretas del embajador? ―preguntó Manuel.

―Don Porfirio sencillamente rechazó las propuestas de Washington en favor de las compañías norteamericanas que deseaban mayores ventajas ―expresó Aurora.

―¿Y qué hizo el embajador?

―Informar a la Casa Blanca, la que decidió que Porfirio Díaz había dejado de ser un aliado confiable ―dijo Aurora.

―¿Y pensaron en impulsar a Francisco I. Madero como sustituto? ―preguntó Manuel.

―No sólo lo pensaron sino que lo hicieron, como ya lo hemos visto con el financiamiento del movimiento de Madero, incluyendo la participación de las petroleras, hasta su llegada al poder ―respondió Aurora.

―¿Qué sucedió luego? ¿Por qué cayó Madero?

―El apoyo de Washington se fue convirtiendo en repudio cuando a los seis meses de su administración Madero decretó una nueva ley de ferrocarriles ―indicó Aurora.

―Hay que recordar que Porfirio Díaz había expropiado al potentado estadounidense Henry Clay Pierce el Ferrocarril Central para crear en 1907 Ferrocarriles Nacionales de México. ¿La nueva ley ferrocarrilera podía ser todavía más adversa a los intereses de Estados Unidos? ―preguntó Manuel.

―Ordenaba el cese de los trabajadores extranjeros ―dijo Aurora.

―¿Los del ferrocarril eran estadounidenses? ―preguntó Manuel.

―La mayoría.

―Ajá.

―Además, decretó un impuesto a la explotación petrolera, propició la aparición de los primeros sindicatos y pareció tener la intención de empezar a cambiar la percepción de los campesinos, de una obediencia ciega a los hacendados a un ideal de libertad y justicia ―explicó Aurora.

―¡El escándalo! ―comentó Manuel.

―Pues sí. ¿Y cómo quitarlo del camino si tú mismo lo apoyaste? ―planteó Aurora.

―¿Cómo?

―Primero había que identificar quiénes estaban inconformes con el régimen ―comentó Aurora Sol.

―¿Y quiénes estaban inconformes? ―preguntó Manuel.

―Entre los inconformes figuraban los generales Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz, así como el empresario Cecilio Ocón ―informó Aurora Sol―. Los tres se reunieron en La Habana en octubre de 1912.

―¿Para qué se reunieron en Cuba? ―preguntó Manuel.

―La intención era organizar una conspiración para derrocar a Madero.

―¿Había más inconformes? ―preguntó Manuel.

―Sí. Entre los inconformes estaba también el general Bernardo Reyes, padre del que sería famoso escritor Alfonso Reyes…

―Creo que el general Bernardo Reyes fue secretario de Guerra de Porfirio Díaz ―acotó Manuel.

―Fue secretario de Guerra y de Marina con don Porfirio, efectivamente ―dijo Aurora―. Bien, el general Reyes, luego de romper relaciones con Madero se refugió en San Antonio, Texas, desde donde proclamó sin éxito el 16 de septiembre de 1911 el Plan de la Soledad, que no encontró respaldo en Estados Unidos ni en México.

―¿Qué sucedió con él después de ese fracaso?

―El 25 de diciembre de 1911 se entregó a las autoridades voluntariamente en Linares, Nuevo León, desde donde fue trasladado a la cárcel militar de Santiago Tlatelolco, en la ciudad de México ―informó Aurora.

―¿Había más inconformes? ―preguntó Manuel.

―Uno de los más fuertes era el general Félix Díaz…

―¡Sobrino de Porfirio Díaz!

―Sí, sobrino de Porfirio Díaz derrocado precisamente por Francisco I. Madero con respaldo de Washington ―dijo Aurora.

―¿Dónde andaba Félix Díaz por esas fechas? ―preguntó Manuel.

―El 16 de octubre de 1912 había encabezado en Veracruz otro levantamiento contra Madero. Su intención era restablecer el antiguo régimen ―indicó Aurora.

―Supongo que fracasó.

―Fue rápidamente contenido por las fuerzas federales y enviado a la prisión de Lecumberri en la ciudad de México ―precisó Aurora.

―¿Cómo se empezaron a mover los hilos que concretaron la caída de Madero? ―preguntó Manuel.

―La madrugada del domingo 9 de febrero de 1913 inició el movimiento encabezado por los generales Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz…

―Los que se habían reunido a conspirar en La Habana ―comentó Manuel.

―Los mismos ―dijo Aurora―. Ese 9 de febrero consiguieron excarcelar a los generales Bernardo Reyes y Félix Díaz de los establecimientos penitenciarios en que se encontraban recluidos. Simultáneamente, el movimiento había intentado tomar el Palacio Nacional.

―¿Lo consiguieron? ―preguntó Manuel.

―No en ese intento. Hay que precisar que a finales de octubre de 1912 Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz habían visitado en prisión a Reyes y a Díaz, poniéndolos al tanto del plan urdido y que finalmente se desarrolló entre el 9 y el 18 de febrero de 1913 y que así, en diez días, culminó con la caída del presidente Francisco I. Madero ―informó Aurora.

―Es lo que en la historia de México se conoce como ’La decena trágica’. ¿Quién lo promovió? ―preguntó Manuel.

―Nada más y nada menos que el embajador de Estados Unidos en México Henry Lane Wilson ―dijo Aurora.

―¿Qué fue lo que hizo?

―Promover los movimientos preparatorios que ya hemos comentado, de tal forma que con la excarcelación de Félix Díaz y Bernardo Reyes casi se completaba el grupo que ejecutaría el golpe de Estado ―dijo Aurora.

―Estamos hablando de Manuel Mondragón, Gregorio Ruiz, Félix Díaz, Bernardo Reyes… ―comentó Manuel.

―Bernardo Reyes incorporó a su hijo Rodolfo Reyes ―indicó Aurora.

―Mencionaste que casi se completaba el equipo ―recordó Manuel.

―Dije el grupo ―aclaró Aurora―. Lo que sucede es que ante los fallidos intentos de asumir el control de Palacio Nacional, para asegurar la victoria los intereses norteamericanos, por los medios más adecuados, alimentaron las ambiciones de poder del general Victoriano Huerta.

―¿Qué papel jugaba en ese momento Victoriano Huerta? ―preguntó Manuel.

―Bueno, en realidad desde el principio había sido invitado a participar, pero respondió que no era el momento ―expresó Aurora.

―¿Qué papel jugaba en ese momento? ―insistió Manuel.

―El secretario de Guerra Ángel García Peña del gobierno de Francisco I. Madero, recién había nombrado a Victoriano Huerta jefe de la defensa de la plaza de la capital, cuyo control intentaban asumir los rebeldes.

―¿Cómo se dio esto?

―Cuando los rebeldes hicieron un nuevo intento de tomar Palacio Nacional la madrugada el 9 de febrero de 1913 fue herido el general Lauro Villar, entonces jefe de la defensa de la plaza, durante un enfrentamiento en el que resultó muerto Bernardo Reyes, que acababa evadirse de la prisión. Además, fue hecho prisionero Gregorio Ruiz, ejecutado esa misma noche, al parecer por órdenes de Huerta, para asegurarse de que no revelara los planes golpistas ―explicó Aurora.

―Fue entonces clave el papel jugado por Victoriano Huerta en el golpe de Estado ―comentó Manuel.

―¡Por supuesto! El enemigo estaba adentro.

―¿Nunca se dieron cuenta? ―preguntó Manuel.

―Con el paso de los días Gustavo A. Madero reveló a su hermano, el presidente Francisco I. Madero, haber descubierto que Victoriano Huerta estaba en complicidad con los rebeldes, incluso el 17 de febrero lo encañonó y condujo ante el mandatario, pero éste no le creyó a su hermano.

―¿En qué momento tuvieron los líderes del movimiento contacto con el embajador de Estados Unidos Henry Lane Wilson? ―preguntó Manuel.

―El 13 de febrero Enrique Cepeda, compadre de Victoriano Huerta, se dirigió a la embajada de Estados Unidos con la intención de concertar un encuentro entre Wilson, Félix Díaz, uno de los líderes rebeldes, y Victoriano Huerta.

―¿Qué harían concretamente?

―Trazarían el plan para eliminar a Madero ―dijo Aurora―. Dicho plan incluía intranquilizar al cuerpo diplomático, tarea que realizó el embajador estadounidense.

―Supongo que empezaron a pedir la renuncia de Madero ―dijo Manuel.

―Sí. Lo hizo el secretario de Relaciones Exteriores Pedro Lascuráin y un grupo de 24 senadores de oposición ―informó Aurora.

―¿Qué hizo el Presidente?

―Se mantuvo firme frente a esas presiones, a pesar de que fue incendiada su casa particular ―dijo Aurora.

―¿Cuándo llegó el desenlace? ―preguntó Manuel.

―El 18 de febrero de 1913 se consumó la traición de Victoriano Huerta al presidente Francisco I. Madero ―informó Aurora.

―¿Qué sucedió?

―Tal como eran los deseos de Washington, el general Victoriano Huerta, dueño de todas las confianzas del mandatario, aprehendió al presidente Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez ―indicó Aurora.

―¿Dónde fueron arrestados? ―preguntó Manuel.

―En Palacio Nacional.

―¿Qué suerte corrió su hermano Gustavo? ―preguntó Manuel.

―Diez minutos antes de la dos de la tarde del mismo 18 de febrero fue arrestado en el restaurante ’Gambrinus’.

―¿Qué acciones inmediatas llevó a cabo el embajador de Estados Unidos? ―preguntó Manuel.

―A las 9.50 de la noche Henry Lane Wilson recibió en la embajada a los golpistas. Además, reunió al cuerpo diplomático.

―¿Qué fue lo que hicieron?

―A la una de la madrugada del 19 de febrero firmaron el ’Pacto de la embajada’, conocido también como ’Pacto de la Ciudadela’ ―informó Aurora.

―¿Entre quiénes? ―preguntó Manuel.

―Entre el embajador Henry Lane Wilson, los sublevados y Victoriano Huerta ―dijo Aurora.

―¿En qué términos se firmó?

―En el documento se estableció que Victoriano Huerta, con permiso del Congreso, ocuparía la Presidencia provisionalmente y que el gabinete sería nombrado por Félix Díaz…

―Sobrino del derrocado Porfirio Díaz ―acotó Manuel.

―Sí ―dijo Aurora―. Se establecía que Díaz nombraría al gabinete, pero sin figurar en él, pues recibiría el apoyo de Huerta para postularse y ganar las elecciones presidenciales que pronto serían convocadas.

―¿Quiénes debían figurar en el gabinete? ―preguntó Manuel.

―Victoriano Huerta como Presidente, Francisco León de la Barra, Toribio Esquivel Obregón, Manuel Mondragón, Alberto Robles Gil, Alberto García Granados, Rodolfo Reyes, Jorge Vera Estañol, David de la Fuente y Manuel Garza Aldape.

―¿Hay evidencia de que sucedió esto? ―preguntó Manuel.

―El embajador Wilson lo asienta claramente en su libro ’Episodios diplomáticos en México’ ―respondió Aurora.

―¿Qué sucedió una vez que apresaron a Francisco I. Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez? ―preguntó Manuel.

―Madero fue informado de las condiciones que imponía Estados Unidos para su salida, que no eran cualquier cosa: el Presidente de México debía presentar su renuncia al Congreso a cambio de su libertad y la de su familia ―explicó Aurora.

―¿A dónde irían?

―Serían exiliados a Cuba ―informó Aurora.

―¿Cómo debía entregar su renuncia?

―Madero puso como condición entregar la renuncia a través de su amigo el embajador de Chile en México cuando ya estuviera en un buque de guerra con su familia rumbo a Cuba, pero al final las cosas se dieron de una manera diferente ―narró Aurora.

―¿Qué pasó con la familia de Francisco y Gustavo Madero? ―preguntó Manuel.

―Sus padres, sus hermanas y su esposa Sara Pérez Romero solicitaron asilo político a la embajada del Japón ese 18 de febrero. En ese lugar pasaron la noche.

―¿Los rebeldes estaban de fiesta por su triunfo? ―comentó Manuel.

―Sí ―dijo Aurora―. Los festejos en la Ciudadela se prolongaron durante toda la noche del 18 y madrugada del 19 de febrero de 1913.

―¿Qué incidentes se produjeron al calor de la celebración? ―preguntó Manuel.

―Al calor de la borrachera los soldados exigieron a Félix Díaz la entrega de los hermanos Madero retenidos en un lugar de Palacio Nacional ―informó Aurora.

―¿Y qué pasó?

―Victoriano Huerta se opuso. Necesitaba la renuncia oficial del presidente Madero para dar legalidad a la usurpación ―respondió Aurora.

―¿Qué hicieron para calmar los ánimos de los golpistas?

―A cambio Huerta les entregó a Gustavo A. Madero y al capitán de fragata Adolfo Bassó Bertoliat, que había nacido en Campeche en 1851 y era Intendente de Palacio Nacional ―indicó Aurora.

―¿A dónde fueron llevados? ―preguntó Manuel.

―Fueron llevados ante la presencia de Manuel Mondragón, quien ordenó fueran ejecutados en venganza por la muerte de Bernardo Reyes y de Gregorio Ruiz ―informó Aurora.

―¿Fueron ejecutados?

―Como a las dos de la madrugada del 19 de febrero, a las afueras de la Ciudadela, el empresario Cecilio Ocón arengó a la soldadesca a irse sobre Gustavo A. Madero, el hermano del depuesto presidente Francisco I. Madero. A Gustavo lo martirizaron hasta arrancarle el único ojo bueno que tenía ―narró Aurora.

―¡La barbarie!

―Lo patearon, lo humillaron. Un capitán le disparó causándole la muerte. Así, muerto, su cuerpo fue mutilado y los soldados le siguieron disparando. Le extrajeron el ojo postizo. A su cadáver le prendieron fuego. Enseguida Adolfo Bassó fue fusilado.

―¿El mundo ya se iba enterando de lo que ocurría en México? ―preguntó Manuel.

―Al mediodía del 19 de febrero de 1913 los embajadores de Cuba y España recibieron instrucciones de no reconocer al nuevo gobierno.

―¿Se temía por la vida de Madero?

―Sí. El embajador Manuel Márquez Sterling les ofreció asilo político en La Habana. Su gobierno había dispuesto en Veracruz el crucero ’Cuba’ para tal propósito ―indicó Aurora

―Claro que todo dependía de lo que decidieran los líderes golpistas ―comentó Manuel.

―Eso estaba claro ―expresó Aurora―. Victoriano Huerta aseguraba que respetaría sus vidas si firmaban sus respectivas renuncias el presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez y aceptaban el ofrecimiento cubano.

―¿Firmaron?

Aurora Sol informó que una comisión de diputados se presentó ante ellos para solicitarles sus renuncias en los términos descritos, los cuales aceptaron. Firmaron sus renuncias de la siguiente manera:

’Ciudadanos Secretarios de la Honorable Cámara de Diputados:

’En vista de los acontecimientos que se han desarrollado de ayer acá, en la Nación, y para mayor tranquilidad de ella, hacemos formal renuncia de nuestros cargos de Presidente y Vicepresidente, respectivamente, para los que fuimos elegidos. Protestamos lo necesario.

’México, 19 de febrero de 1913. Francisco I. Madero, José María Pino Suárez’.

―¿Acto seguido informaron al Congreso acerca de la consumación de las renuncias? ―preguntó Manuel.

―Sí, el canciller Pedro Lascuráin las presentó enseguida al Congreso, reunido en sesión extraordinaria que finalmente las aprobó―dijo Aurora.

―¿Quién fue investido como presidente interino?

―Pedro Lascuráin. Su única gestión fue nombrar a Victoriano Huerta como secretario de Gobernación, que enseguida asumió como nuevo presidente en lugar de Lascuráin, quien duró 45 minutos en el cargo, el más breve de la historia ―explicó Aurora.

―De esta manera se cubría con un manto de legalidad el golpe de Estado ―comentó Manuel.

―Tú lo has dicho.

―Con sus renuncias, Madero y Pino Suárez habían sellado su suerte ―expresó Manuel.

―Desde su arresto ambos permanecieron en un sitio de Palacio Nacional. Esperaron en vano un tren que los llevaría a Veracruz ―informó Aurora.

―¿Sospechaban que sus vidas corrían peligro? ―preguntó Manuel.

―Era más que evidente ―respondió Aurora―. La tarde del jueves 20 de febrero de 1913 Sarita, la esposa de Francisco I. Madero, se entrevistó con el embajador de Estados Unidos para abogar por la vida de su esposo.

―¿Qué le respondió?

―El diplomático recordó haberle dicho que eso pasaría y que ahora pagaba las consecuencias de su mal gobierno. Sin embargo le aseguró que no se preocupara. Que nada le pasaría a su marido ―contó Aurora.

―Mentía.

―¡Por supuesto que mentía! ―dijo Aurora―. El diputado Luis Manuel Rojas, correligionario masón del embajador Henry Lane Wilson, se presentó horas más tarde para interceder también por la vida del depuesto presidente Madero.

―¿Cuál fue la respuesta?

―El embajador le dijo estar seguro que Madero se levantaría en armas nuevamente, ensangrentando y perjudicando seriamente al país ―reveló Aurora.

―Eso era una sentencia ―comentó Manuel.

―Tal vez. Esas no fueron las únicas peticiones. Familiares, amigos, los ministros de Cuba, Chile y Japón intercedieron por Madero. Le pidieron al embajador hacer valer su influencia sobre Huerta ―narró Aurora.

―¿El embajador de Estados Unidos se lavó las manos? ―preguntó Manuel.

―Así fue al responder que como diplomático no podía interferir en los asuntos internos de México ―respondió Aurora.

―¡Qué descaro!

―Entre tanto Victoriano Huerta reunió al gabinete para decidir el destino de Madero y Pino Suárez.

―¿Qué decidieron? ―preguntó Manuel.

―Pensaron que era peligroso enviarlos a Veracruz, donde tomarían un barco para Cuba, ya que en ese estado la marina y las tropas no reconocerían a Huerta hasta que el Senado reconociera al nuevo gobierno ―narró Aurora.


―¿Entonces no resolvieron nada?

―No ―dijo Aurora―. Lo que hizo Huerta fue organizar una recepción al cuerpo diplomático, donde el embajador estadounidense Henry Lane Wilson se deshizo en halagos hacia el nuevo gobierno ―dijo Aurora.

―¿Y los prisioneros?

―La noche del 21 de febrero recibieron la visita del embajador de Cuba. Pino Suárez pidió al diplomático no retirarse ante el temor de ser asesinados ―dijo Aurora―. Suponía que ese era el destino de ambos al ya no ser de utilidad.

―¿Y Madero qué decía?

―Estaba de mejor humor. Esa misma noche recibió la visita de su madre Mercedes González Treviño, quien le informó lo que había pasado con su hermano Gustavo ―indicó Aurora.

―¡Terrible! ―exclamó Manuel.

―La noticia trastornó a Francisco I. Madero ―expresó Aurora―. Pasó la noche llorando en silencio por la muerte de su hermano que tanto le había advertido por la traición que se gestaba.

―En ese momento no sabían que se estaba decidiendo el destino final de ambos ―supuso Manuel.

―Ciertamente, al siguiente día, 22 de febrero de 1913, Victoriano Huerta, Félix Díaz y Aureliano Blanquet ya habían decidido que Francisco I. Madero y José María Pino Suárez morirían en un asalto fingido durante su traslado a un lugar distinto al que se encontraban ―indicó Aurora.

―¿Cómo lo harían? ―preguntó Manuel.

―Le encargaron el trabajo a Francisco Cárdenas, el mayor de los rurales, y le dijeron que matándolos le prestaría un gran servicio al país.

―Un gran servicio al país ―repitió Manuel.

―A las diez de la noche de ese 22 de febrero se disponían a descansar los derrocados presidente y vicepresidente ―narró Aurora.

―¿Qué sucedió después?

―A las diez y veinte fueron despertados y el coronel Joaquín Chicarro les informó que serían trasladados a la penitenciaría de Lecumberri. Fueron bajados a los patios de Palacio Nacional, donde los esperaban dos vehículos.

―¿Había una escolta? ―preguntó Manuel.

―Claro, había una escolta militar formada por Francisco Cárdenas, Rafael Pimienta, Francisco Ugalde y Agustín Figueres ―dijo Aurora.


―¿Quién fue el primero en abordar?

―Madero subió a un auto Peerles reformado como un Packard conducido por Ricardo Hernández ―dijo Aurora―. Luego lo hizo Pino Suárez en un Protos conducido por Ricardo Romero.

―Entonces salieron hacia Lecumberri ―comentó Manuel.

―Sí. Cecilio Ocón habló al director de la penitenciaría Luis Balleteros para informar que ya habían salido hacia allá.

―¿Todo estuvo bien?

―Todo estuvo bien hasta que al llegar a Lecumberri pasaron de largo la entrada principal. La caravana se desvió hasta el extremo más apartado de la penitenciaría, donde se detuvieron ―contó Aurora.

―¿Qué sucedió?

―Francisco Cárdenas, el encargado de asesinar a Madero, le ordenó: ’¡Baje usted, carajo!’ Madero no obedeció. Entonces Cárdenas le disparó a la cabeza, muriendo en el asiento del coche el depuesto Presidente de México ―explicó Aurora.

―¿Y José María Pino Suárez?

―Intentó huir, pero fue baleado por Rafael Pimienta, quien lo remató en el suelo.

―¿Cómo organizaron la escena del supuesto asalto?

―Los militares dispararon contra los vehículos. Poco después de la media noche Victoriano Huerta ofreció una conferencia de prensa en la que informó que una multitud iracunda había asaltado a la escolta que custodiaba a Madero y a Pino Suárez en el trayecto a la penitenciaría y les había dado muerte ―dijo Aurora.

―¿Qué reacciones hubo al conocerse el asesinato de Madero y de Pino Suárez ―preguntó Manuel.

―El diputado Luis Manuel Rojas, convencido de la participación del embajador estadounidense en el golpe de Estado ―indicó Aurora―, lo responsabilizó al día siguiente, 23 de febrero, ante el pleno de la Cámara de Diputados:

"Yo acuso a mister Henry Lane Wilson, embajador de los Estados Unidos en México, ante el honorable criterio del gran pueblo americano, como responsable moral de la muerte de los señores Francisco I. Madero y José María Pino Suárez, que fueron electos por el pueblo presidente y vicepresidente de la República mexicana en 1911 (...)

"Yo acuso al embajador Wilson de haber mostrado parcialidad en favor de la reacción, desde la primera vez que don Félix Díaz se levantó en armas en Veracruz (...)

"Yo acuso al embajador Wilson de que por un resentimiento personal hacia el presidente Madero, de que dio pruebas claras en algunas ocasiones, no ha hecho uso de su gran poder moral ante los hombres del nuevo orden de cosas, en ayuda de los prisioneros (...)

"Yo acuso al embajador Wilson de haberse inmiscuido personalmente en la política de México, habiendo contribuido de manera poderosa a la caída de los gobiernos del presidente Díaz y del presidente Madero. Al contestar una comunicación del general Huerta, le aconsejó que se hiciera autorizar por el Congreso de la Unión para legalizar el nuevo orden de cosas (...)

"Yo acuso al embajador Wilson de que ni por un natural sentimiento de humanidad se le ocurrió en el último extremo, amparar a los prisioneros bajo la bandera americana, a pretexto de que no quería cargar con la responsabilidad de lo que después hicieran los señores Madero y Pino Suárez (...)

"Luis Manuel Rojas, 23 de febrero de 1913".


―Después de conocer esa postura, el secretario de Gobernación Alberto García Granados anunció que Rojas sería desaforado para responder y probar sus acusaciones ―recordó Aurora.

―No obstante, me parece que la tesis de confabulación fue secundada por el periodista Norman Hapgood ―comentó Manuel Be.

―Estás en lo cierto ―dijo Aurora Sol.

―También me parece que Victoriano Huerta salió en defensa del embajador ―agregó Manuel.

―Correcto ―dijo Aurora―. Huerta se apresuró a defender a Henry Lane Wilson argumentado que las muertes de Madero y Pino Suárez se habían debido a la imprudencia de sus partidarios.

―Debemos recordar que al mes siguiente, en marzo, el recién electo presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson destituyó a Henry Lane Wilson ―señaló Manuel.

―Es verdad ―dijo Aurora―. Ya exembajador, se retiró a Nuevo México.

―Por cierto ―agregó Manuel―, el golpe de Estado estuvo tan desaseado que Washington no reconoció el gobierno de Victoriano Huerta, que llegó a su fin el 13 de agosto de 1914, al firmarse los Tratados de Teoloyucan.

―A la caída de Huerta hubo un breve interinato en la Presidencia de la República a cargo de Francisco Sebastián Carvajal y Gual, un abogado originario de Campeche que despachaba como secretario de Relaciones Exteriores ―mencionó Aurora.

―Venustiano Carranza sería el nuevo presidente ―dijo Aurora―. La Revolución Mexicana y las intromisiones extranjeras continuarían su curso.

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